martes, 23 de noviembre de 2010

Cenizas de perdón

El Abrazo

Vuelve nuevamente la mirada al espejo y se encuentra con ella, con su mirada, sus ojos de color entre café oscuro y café claro, ojos que expresan todo, su ventana, sus delatores, porque es en sus ojos donde se refleja el gusto, el desagrado, el rencor, la alegría. Se regala una sonrisa y viene a su mente la famosa frase que siempre le repite su padre –Esa boca te va a sacar canas verdes, me dijo tu abuelo el día en que naciste-. Se regocijaba con gusto y hace la forma de beso, y muerde sus labios, labios rojos, carnosos, bien delineados como en forma de corazón. Observa también su mentón herencia también de su papá, le gusta esa línea que se hace justo en el medio y culmina con un pequeño borde justo al ras, se mira la frente y lejos de acomplejarle le agrada esa frente amplia, llena de ideas, de sueños, hipótesis en fin, llena de todo-. Despierta del embeleso que le provoco mirarse desnuda frente al espejo para regresar a la realidad y recuerda que tiene el tiempo justo para darse un baño rápido, vestirse e irse a trabajar. No le da tiempo de disfrutar su baño tan pronto se enjabona se enjuaga y sale para enrollarse en la toalla rosa que está en el toallero. Se viste sin dejar de mirar a cada momento el reloj, toma su termo y su plátano, se dirige a la parada del camión.

-Buenos días- Saluda al conductor del autobús, mientras con las manos busca en sus bolsillos las monedas con las que paga el pasaje hacía su oficina. Es común que en el camino se detenga en la mirada de las personas con las que comparte el trayecto a su trabajo o bien se salga su alma por la ventana, y mirando hacia el horizonte se encuentre con un maravilloso amanecer.

Desciende del camión y no puede evitar hacer berrinche ya que por la distancia que debe caminar para llegar hasta el edificio donde se encuentra su oficina es mucha y el tiempo que le queda es muy poco, debe sacrificar el placer de ir disfrutando del paisaje por salir corriendo y llegar en punto de las ocho.

Llega a su cubículo, se sienta en su silla frente a su escritorio, enciende la máquina, coloca su dispositivo de almacenamiento de datos, abre los archivos que ha de trabajar en el transcurso del día, mientras de su lonchera saca el frasco de café, toma una cuchara le llena sólo la punta y la vierte en su termo, luego se levanta de su silla y camina por el pasillo hacía la cafetera que hay en la oficina. –Ligera como una pluma, ligera como una pluma- se repite mentalmente es todo un sacrificio, pasar ante la mirada de todos sus compañeros, la mayoría de las veces desea ser invisible, antes que uno de ellos le mire. Encuentra las miradas de los demás, superficiales, vacías.

Sin embargo, debe pasar por ahí, armarse de valor y simular una sonrisa en sus labios – ¡Hola!, Buen día-. Sonríe hasta llegar por su combustible. El café el brebaje que además de serle exquisito, es lo que la mantiene despierta por la mañana y le permite concentrarse y trabajar.

Pasa la mañana enfrascada en sus tareas, llamando aquí, preguntando allá, escribiendo, tomando nota, de junta en junta, va por una taza más de café, la bebe un sorbo, mira hacia el monitor de su computadora, -Es la hora de ir a comer- se dice, suspende sus actividades, toma su cartera y se dirige al comedor, toma la charola, sirve un poco de agua de horchata en el vaso desechable –Esto tarda mucho en degradarse- piensa disgustada mientras se forma y pide su platillo, le sirven se va hacia las mesas, tarda en encontrar una vacía, se sienta. Es un hábito el que ella tiene, observar, observa a los comensales de la mesa de al lado, a la del fondo, los mira les hace una historia, se divierte, da un sorbo a la crema de brócoli, -le falta pimienta y un poco de sal- y sin más se pone a recordar la deliciosa crema de brócoli que preparaba su mamá, ese sabor a casa, le recordó también cuando su abuela preparaba la cena de Noche Buena, y se juntaba toda la familia, -Que tiempos aquellos- Los abuelos, los tíos, los primos, todos reunidos en la mesa, platicando los adultos, los niños jugando, correteando por el patio o la sala, esperando la hora de la cena para que la velada se fuera rápido y esperar la llegada de Santa Claus. Corta un trozo de milanesa de pollo y con el mismo tenedor tomaba un poco del puré de papa, definitivamente añoraba la sazón de mamá y los años de infancia, extrañaba aquellos tiempos. Un recuerdo la lleva a otro, los dolorosos prefiere saltarlos y continuar con los lindos, con los bonitos. –Fue tan rápido, crecí tan pronto- piensa.

Inmersa en sus pensamientos se da cuenta que ha terminado con la ración de comida del día de y el reloj marca la hora de regresar a trabajar, de volver a su oficina.

Su día transcurre, hasta que llega el final de la jornada, se despide-Hasta mañana, que descansen-camina hacía el autobús que la llevará de nuevo a su casa.

Cansada, un tanto agobiada, por el trabajo, el sol, la gente en el camión. Tira la mochila al suelo y su saco al sofá, se quita los zapatos, va a la cocina buscando que beber, quiere refrescarse, afuera hace mucho calor y el autobús venía repleto de gente. Abre la puerta del refrigerador, mira a un lado y tropieza con una botella de vino, la toma entre sus manos y con un poco de culpa vierte el líquido en la copa, se da cuenta que está completamente sola en la casa, puede escuchar el eco de los sonidos de sus pasos, al darse cuenta de ello, enciende el televisor para menguar el sentimiento de vacío que guarda ese día, los recuerdos que tuvo en su hora de comida la dejaron con un profundo hueco en su corazón. No pudo evitar recordar los malos momentos, esos son los que le pesan.

Se tumba en el sofá frente al televisor, presiona compulsivamente el control del aparato buscando algo que atrape su atención, los recuerdos nuevamente le están alcanzando y no quiere permitir que lleguen a ella. No quiere ver de nuevo a esa niña, su niña interior. Sin embargo la niña le llama, le habla, quiere platicar con ella.

Ella la ignora, se distrae por fin en una imagen en la televisión, sus ojos se inundan de lágrimas, suelta un sollozo y el llanto hace acto de presencia. – Siempre nos han dolido los ojos cuando lloramos- escuchó una voz de niña en su interior, y se desató la marejada de lágrimas acompañadas de pujidos y sollozos, de lamentos y gritos. -¡Vete, no quiero lidiar contigo, me dueles!- Le grita entre lágrimas.

-¡Vamos!, platiquemos hace mucho que no lo hacemos, de repente un día mientras jugábamos, saliste corriendo y no supe más de ti, y te he extrañado todo esté tiempo, ¿a dónde te fuiste?-Continuaba la voz de la niña, no la podía callar, la buscaba, la acosaba, la seguía, no se iba, y mientras más la ahuyentaba. Era una vocecita tierna, de niña de unos 9 años, que le hablaba insistiendo.

Ella se resistía, no quería confrontar a esa niña, esa niña que dejo aquella vez, que abandonó sin voltear atrás, y creció. Hasta el día de hoy no había querido reencontrarla.

Repasó aquél momento en que sin más la levantaron del piso donde jugaban juntas, no le dieron oportunidad de saber que se alejaba, había otras cosas en que pensar.

A su mente llega ese episodio, fue en ese momento que sin poder despedirse simplemente la alejaron de la inocencia, de los juegos, de la alegría.

La oportunidad de reencontrarse con aquella niña había llegado, debía aprovecharla, reconciliarse con ella, así, de pronto sintió la necesidad de hablar con esa niña, de acercarse a ella, de platicar y hacerla suya nuevamente.

Toma el control remoto apaga la televisión la saluda. -¿Cómo has estado?- le pregunta la niña, -¿me has extrañado?- continúo la vocecita.

Discúlpame, la verdad no tuve tiempo de extrañarte, hasta hace unos años me di la oportunidad de pensarte, me dolías, no podía vivir con la idea de que ya no estuvieras en mí. Fue doloroso descubrir un día que ya no tenía tiempo para jugar, que debía pensar en cosas de adultos, en crecer y madurar. Las circunstancias me obligaron y por eso me fui así, sin despedirme, si, te he extrañado, me has hecho falta en cada momento de mi vida –Le responde con voz entrecortada-.

La niña sonríe de felicidad al ver que ella, su amiga, ella misma en adulto le está dedicando el tiempo que hasta este día no le había regalado.

Se quedaron hablando, se quedó hablando con ella misma, con su niña interior hasta que el sueño la venció.

Sobre el sofá dormida, en un sueño profundo, tranquilo. –Ligera como una pluma, ligera como una pluma- Vio la habitación en donde estaba ella de pequeña, como parte de la escenografía de su sueño, como testigo en el sueño de su soledad.

Era una niña cuando llegó a su casa buscándolo y no lo encontró, ni a él, ni a sus maletas, se fue, la dejo sola, a él le lloraba cuando mamá la regañaba, y ya no estaba más, fue testigo en su sueño de cómo esa niña se quedó con las manos vacías, su papá no estaba más, se fue por voluntad propia.

-¿Por qué se fue Papá?- Preguntaba, nadie le dio respuesta, ni siquiera le mostraron la carta que dejó antes de irse, dónde explicaba las razones que ese día le obligaban a marcharse.

Fue un torbellino de emociones para ella, verse de niña ante las preguntas sin respuesta, ante las lágrimas guardadas, ante el silencio que la arrastró sin compasión a la soledad.

En su sueño la encontró, estaban ahí frente a frente ella y su niña interior, esa que abandonó cuando fue abandonada, camino hacia ella, la tomó entre sus brazos –No preguntes, no hay respuestas, simplemente llora y déjalo pasar, aun siendo mayor no lo comprenderás, no te quedes con las ganas de llorar, déjalas brotar- Y ambas lloraron abrazadas en el sueño, en el que se rescató de entre las cenizas y aprendió a llorar.

Del ave Fénix aprendió cómo resurgir de entre las cenizas del perdón, y cómo una lágrima por más doloroso que sea, puede sanar un corazón.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Composición sobre el poema de Nicolas Guillén

¿Y estas flores abiertas en mi frente
y esta savia que amarga mi corteza?
Son flores cultivadas
en el invernadero oscuro
de unas minas esclavizadas.

Flores bellas bien sembradas
pero siempre bajo la sombra
de esa historia cavernaria
la historia de mi nombre interminable
hecho de interminables nombres.

En el pasado
de esa historia cavernaria
que comienza una civilización
bajo lápidas de dolor y despreocupación,
que buscan y alcanzan
sueñan y abrazan
su amarga pasión.

MAGA

13 de Noviembre "La musa desapercibida"


Son las 5:45 de la mañana, ese día tocaba subir a la montaña, el día en el que Estellmar se encuentra con su verdad y no con la musa que otros esperan encontrar en ella. Su silueta de mujer cuyo cabello chino largo le da a su personalidad ese aire de ligereza, se dirige al habitual baño diario, pues el agua le brinda la frescura, la transparencia y la limpieza que le recuerdan su amor a la libertad. Sus manos fuertes de artista reflejan una vida de trabajo, pues la piel de éstas es un poco reseca, dejando entrever algunas cicatrices. Éstas manos la han ayudado a vivir un sin número de aventuras, de días ásperos, mas otros de terciopelo… en ese momento sólo se disponían a abrir el agua caliente y fría de la regadera preocupada por darle la temperatura exacta para que su cuerpo sea acariciado al bañarse, ese momento es sagrado, el momento del cuidado de su esencia concebida. Mientras el agua caía y bañaba su cuerpo Estellmar comenzaba a repasar lo que un día fue concebido por sus padres… el olor del perfume del jabón la hacían pensar en el día de su nacimiento, el valor que le da a la vida es tan dulce y delicado como un buen perfume cuyo aroma enriquece los espacios. Comienza el baño, ¡cómo es importante su cuerpo! Templo del espíritu, leyó un día en el libro sagrado, siempre la ha marcado lo que desde pequeña leyó en la historia de su Maestro tras esas hojas suaves llenas de letras que esconden secretos en medio de parábolas, historias de ese hombre-Dios que le susurra al oído la esencia de la vida, su templo debe ser cuidado para no perder la conciencia de su verdad.

Estellmar toca despacio su cabello chino que se va humedeciendo y preparando al shampoo, es el momento de comenzar la limpieza, sin ella su estado anímico no sería igual, su canto de sirena no tendría el brillo o el encanto que sabe que puede proyectar, y que lo hace natural, no le gusta lo fingido.

Esos ojos expresivos, que dejan entrever el gran espíritu que Estellmar cultiva a cada instante, en ese momento se cierran para que solo se senta el agua correr por la piel, recorriendo cada rincón y cada parte que ella valora como foco de femineidad: sus pechos firmes, herencia de sus antepasados y sus pompis firmes y bien colocadas. Sabe que su nariz aguileña, la barba partida y labios, le dan a su rostro un toque distintivo, pero entiende perfectamente que es la belleza interna, la espiritual, la que finalmente proyectará su verdadero canto de sirena. Finalmente, su espalda, su cuello, sus piernas largas y delgadas legado biológico de su padre, son repasados al tallarlos con el jabón, y recuerda cuando decidió rediseñarse, aceptarse le fue difícil pues su niñez fue marcada por el “rechazo” entre ella y sus hermanos, fue la soledad la amiga fiel de Estellamar y en ella solo encontraba a Dios, sus diálogos con Él, fueron los que finalmente la construyeron.

El baño terminó y un cuerpo de sirena, cuyo canto desea, desde el fondo de su alma, elevar los corazones de quien la escucha, se sabe musa, aunque por dentro, finalmente, muy en el fondo quisiera pasar desapercibida.

El cultivo de su belleza interior, es regado y abonado con esas mañanas de montaña, en las que después de su baño, se vestía con la ropa indicada para el monte, las rocas y las espinas. Ese era un día de montaña, y se puso sus pantalones de mezclilla que están rotos de la rodilla, pero que la hacen sentir cómoda. Sale por la puerta trasera de la casa y busca a sus 2 mascotas, dos perritas medianas, inquietas, alegres y tiernas a la vez, de pelaje brillante en oro y negro, cazadoras por excelencia, sin su compañía la subida a la montaña estaría incompleta.

Prepara una pequeña mochila color azul e introduce en ella una botella de agua, cámara fotográfica y su celular, donde guarda un mp3 con música especial para meditación, aunque a veces el mismo silencio de la montaña era suficiente música para conectarse con su interior.

La soledad a la que está acostumbrada en realidad está llena de compañía, seres de luz la acompañan, porque los llama, y disfruta de su compañía.

Comienza el asenso, ese que la obliga a pensar que alejarse del diario vivir le permite reencontrarse con su verdad, y es entonces cuando se aleja del “mar” que como un espejismo mágico la llama sirena, ese mar, queda atrás y abajo.

El sol brilla y entrelaza su luz a través de las hojas de los árboles y arbustos… unas pequeñas florecillas en color blanco, azul, lila y rojo perfuman y alegran cada paso, y reciben la presencia de Estellmar, que aunque tenga lejos la playa y el mar, subir a la montaña le recuerda que el contacto directo con la naturaleza la hace encontrarse con ella misma y con su pequeñez, su fragilidad, su verdad… simplemente es una mujer y eso la serena, la desliga de toda mirada que la coloque en un pedestal o la comprometa a cantar y fascinar.

Conforme sigue subiendo, disfruta mirar a sus perritas correr entre el campo, felices de sentirse libres, buscando algo divertido entretenido o simplemente algo por cazar, y observa cómo el olfato de Chispa y Pícara es primordial para todo… con esa inspiración, Estellmar afina su olfato, por un momento cierra sus ojos, y aspira el olor a monte, a flor, arbusto y roca, un olor que disfruta y agradece al origen de la vida… a Dios. Su momento se acerca, el punto en el que a cierta altura se detiene para sentarse y comenzar el ritual que le da equilibrio a su vida, ese en el que solo Dios y ella se permiten encontrarse con todos los sentidos, atención y descanso. Un encuentro con la esencia básica de la existencia, el milagro de la vida, la maravilla del amor que le permite en ese momento ser y estar. Ese punto en el que al mirar al horizonte vislumbra lo pequeño que es el ser humano, y cómo se complica, siendo la vida tan simple. Es ahí, donde la musa queda abajo y la mujer arriba, abajo lo construido por lo inconsistente, arriba, simplemente la simpleza de la vida, el estar, amar, entender la verdadera aportación de tu existencia al universo, eso que la motiva a seguir adelante segura, plena y lo más importante: libre. Una musa que finalmente en su interior logra ser desapercibida.

Autora,

Mara Treviño

Septiembre 4 2010 "Una musa desapercibida"

Así comencé mi taller...

Ligera de espíritu la musa desliza su cuerpo en actitud despreocupada conectando su mente y corazón en la fuente del universo. Ágil cuerpo atlético de cabellera china marrón, hombro y espalda fuerte, brazos y pecho firmes como un atleta india galopante, con manos que crean y repasan su cuerpo día a día bajo el agua de la diaria ducha.

Es ahí cuando más consciente se hace de su cuerpo que acaricia lentamente limpiando con la espuma del jabón sus piernas largas, sus pies delicados y un poco enfermos, tobillos y rodillas fuertes que sostienen una vida de intensa actividad. A pesar de ser consciente de su belleza física la toma poco en cuenta para el diario vivir pero es indispensable la armonía del color con que la viste y se preocupa por resaltar con modestia algunos de los rasgos de su rostro recordando en ese instante las palabras que escuchó de niña: -Qué ojos y que pestañas tan hermosos, esa barbilla partida conquistadora de miradas-

Se sabe inspiración pero más sabe su pequeñez, fragilidad y debilidad. A esta musa desapercibida ya no la engañan las lenguas aduladoras, ella es simplemente la que es.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Creando con las letras de HumanizArte

Este espacio se abrió con la finalidad de mostrar el trabajo que se realiza dentro del taller, como motivación para los alumnos así como para ti lector que esperamos lo disfrutes.

¡Sé bienvenido!

Mara Treviño