El Abrazo
Vuelve nuevamente la mirada al espejo y se encuentra con ella, con su mirada, sus ojos de color entre café oscuro y café claro, ojos que expresan todo, su ventana, sus delatores, porque es en sus ojos donde se refleja el gusto, el desagrado, el rencor, la alegría. Se regala una sonrisa y viene a su mente la famosa frase que siempre le repite su padre –Esa boca te va a sacar canas verdes, me dijo tu abuelo el día en que naciste-. Se regocijaba con gusto y hace la forma de beso, y muerde sus labios, labios rojos, carnosos, bien delineados como en forma de corazón. Observa también su mentón herencia también de su papá, le gusta esa línea que se hace justo en el medio y culmina con un pequeño borde justo al ras, se mira la frente y lejos de acomplejarle le agrada esa frente amplia, llena de ideas, de sueños, hipótesis en fin, llena de todo-. Despierta del embeleso que le provoco mirarse desnuda frente al espejo para regresar a la realidad y recuerda que tiene el tiempo justo para darse un baño rápido, vestirse e irse a trabajar. No le da tiempo de disfrutar su baño tan pronto se enjabona se enjuaga y sale para enrollarse en la toalla rosa que está en el toallero. Se viste sin dejar de mirar a cada momento el reloj, toma su termo y su plátano, se dirige a la parada del camión.
-Buenos días- Saluda al conductor del autobús, mientras con las manos busca en sus bolsillos las monedas con las que paga el pasaje hacía su oficina. Es común que en el camino se detenga en la mirada de las personas con las que comparte el trayecto a su trabajo o bien se salga su alma por la ventana, y mirando hacia el horizonte se encuentre con un maravilloso amanecer.
Desciende del camión y no puede evitar hacer berrinche ya que por la distancia que debe caminar para llegar hasta el edificio donde se encuentra su oficina es mucha y el tiempo que le queda es muy poco, debe sacrificar el placer de ir disfrutando del paisaje por salir corriendo y llegar en punto de las ocho.
Llega a su cubículo, se sienta en su silla frente a su escritorio, enciende la máquina, coloca su dispositivo de almacenamiento de datos, abre los archivos que ha de trabajar en el transcurso del día, mientras de su lonchera saca el frasco de café, toma una cuchara le llena sólo la punta y la vierte en su termo, luego se levanta de su silla y camina por el pasillo hacía la cafetera que hay en la oficina. –Ligera como una pluma, ligera como una pluma- se repite mentalmente es todo un sacrificio, pasar ante la mirada de todos sus compañeros, la mayoría de las veces desea ser invisible, antes que uno de ellos le mire. Encuentra las miradas de los demás, superficiales, vacías.
Sin embargo, debe pasar por ahí, armarse de valor y simular una sonrisa en sus labios – ¡Hola!, Buen día-. Sonríe hasta llegar por su combustible. El café el brebaje que además de serle exquisito, es lo que la mantiene despierta por la mañana y le permite concentrarse y trabajar.
Pasa la mañana enfrascada en sus tareas, llamando aquí, preguntando allá, escribiendo, tomando nota, de junta en junta, va por una taza más de café, la bebe un sorbo, mira hacia el monitor de su computadora, -Es la hora de ir a comer- se dice, suspende sus actividades, toma su cartera y se dirige al comedor, toma la charola, sirve un poco de agua de horchata en el vaso desechable –Esto tarda mucho en degradarse- piensa disgustada mientras se forma y pide su platillo, le sirven se va hacia las mesas, tarda en encontrar una vacía, se sienta. Es un hábito el que ella tiene, observar, observa a los comensales de la mesa de al lado, a la del fondo, los mira les hace una historia, se divierte, da un sorbo a la crema de brócoli, -le falta pimienta y un poco de sal- y sin más se pone a recordar la deliciosa crema de brócoli que preparaba su mamá, ese sabor a casa, le recordó también cuando su abuela preparaba la cena de Noche Buena, y se juntaba toda la familia, -Que tiempos aquellos- Los abuelos, los tíos, los primos, todos reunidos en la mesa, platicando los adultos, los niños jugando, correteando por el patio o la sala, esperando la hora de la cena para que la velada se fuera rápido y esperar la llegada de Santa Claus. Corta un trozo de milanesa de pollo y con el mismo tenedor tomaba un poco del puré de papa, definitivamente añoraba la sazón de mamá y los años de infancia, extrañaba aquellos tiempos. Un recuerdo la lleva a otro, los dolorosos prefiere saltarlos y continuar con los lindos, con los bonitos. –Fue tan rápido, crecí tan pronto- piensa.
Inmersa en sus pensamientos se da cuenta que ha terminado con la ración de comida del día de y el reloj marca la hora de regresar a trabajar, de volver a su oficina.
Su día transcurre, hasta que llega el final de la jornada, se despide-Hasta mañana, que descansen-camina hacía el autobús que la llevará de nuevo a su casa.
Cansada, un tanto agobiada, por el trabajo, el sol, la gente en el camión. Tira la mochila al suelo y su saco al sofá, se quita los zapatos, va a la cocina buscando que beber, quiere refrescarse, afuera hace mucho calor y el autobús venía repleto de gente. Abre la puerta del refrigerador, mira a un lado y tropieza con una botella de vino, la toma entre sus manos y con un poco de culpa vierte el líquido en la copa, se da cuenta que está completamente sola en la casa, puede escuchar el eco de los sonidos de sus pasos, al darse cuenta de ello, enciende el televisor para menguar el sentimiento de vacío que guarda ese día, los recuerdos que tuvo en su hora de comida la dejaron con un profundo hueco en su corazón. No pudo evitar recordar los malos momentos, esos son los que le pesan.
Se tumba en el sofá frente al televisor, presiona compulsivamente el control del aparato buscando algo que atrape su atención, los recuerdos nuevamente le están alcanzando y no quiere permitir que lleguen a ella. No quiere ver de nuevo a esa niña, su niña interior. Sin embargo la niña le llama, le habla, quiere platicar con ella.
Ella la ignora, se distrae por fin en una imagen en la televisión, sus ojos se inundan de lágrimas, suelta un sollozo y el llanto hace acto de presencia. – Siempre nos han dolido los ojos cuando lloramos- escuchó una voz de niña en su interior, y se desató la marejada de lágrimas acompañadas de pujidos y sollozos, de lamentos y gritos. -¡Vete, no quiero lidiar contigo, me dueles!- Le grita entre lágrimas.
-¡Vamos!, platiquemos hace mucho que no lo hacemos, de repente un día mientras jugábamos, saliste corriendo y no supe más de ti, y te he extrañado todo esté tiempo, ¿a dónde te fuiste?-Continuaba la voz de la niña, no la podía callar, la buscaba, la acosaba, la seguía, no se iba, y mientras más la ahuyentaba. Era una vocecita tierna, de niña de unos 9 años, que le hablaba insistiendo.
Ella se resistía, no quería confrontar a esa niña, esa niña que dejo aquella vez, que abandonó sin voltear atrás, y creció. Hasta el día de hoy no había querido reencontrarla.
Repasó aquél momento en que sin más la levantaron del piso donde jugaban juntas, no le dieron oportunidad de saber que se alejaba, había otras cosas en que pensar.
A su mente llega ese episodio, fue en ese momento que sin poder despedirse simplemente la alejaron de la inocencia, de los juegos, de la alegría.
La oportunidad de reencontrarse con aquella niña había llegado, debía aprovecharla, reconciliarse con ella, así, de pronto sintió la necesidad de hablar con esa niña, de acercarse a ella, de platicar y hacerla suya nuevamente.
Toma el control remoto apaga la televisión la saluda. -¿Cómo has estado?- le pregunta la niña, -¿me has extrañado?- continúo la vocecita.
Discúlpame, la verdad no tuve tiempo de extrañarte, hasta hace unos años me di la oportunidad de pensarte, me dolías, no podía vivir con la idea de que ya no estuvieras en mí. Fue doloroso descubrir un día que ya no tenía tiempo para jugar, que debía pensar en cosas de adultos, en crecer y madurar. Las circunstancias me obligaron y por eso me fui así, sin despedirme, si, te he extrañado, me has hecho falta en cada momento de mi vida –Le responde con voz entrecortada-.
La niña sonríe de felicidad al ver que ella, su amiga, ella misma en adulto le está dedicando el tiempo que hasta este día no le había regalado.
Se quedaron hablando, se quedó hablando con ella misma, con su niña interior hasta que el sueño la venció.
Sobre el sofá dormida, en un sueño profundo, tranquilo. –Ligera como una pluma, ligera como una pluma- Vio la habitación en donde estaba ella de pequeña, como parte de la escenografía de su sueño, como testigo en el sueño de su soledad.
Era una niña cuando llegó a su casa buscándolo y no lo encontró, ni a él, ni a sus maletas, se fue, la dejo sola, a él le lloraba cuando mamá la regañaba, y ya no estaba más, fue testigo en su sueño de cómo esa niña se quedó con las manos vacías, su papá no estaba más, se fue por voluntad propia.
-¿Por qué se fue Papá?- Preguntaba, nadie le dio respuesta, ni siquiera le mostraron la carta que dejó antes de irse, dónde explicaba las razones que ese día le obligaban a marcharse.
Fue un torbellino de emociones para ella, verse de niña ante las preguntas sin respuesta, ante las lágrimas guardadas, ante el silencio que la arrastró sin compasión a la soledad.
En su sueño la encontró, estaban ahí frente a frente ella y su niña interior, esa que abandonó cuando fue abandonada, camino hacia ella, la tomó entre sus brazos –No preguntes, no hay respuestas, simplemente llora y déjalo pasar, aun siendo mayor no lo comprenderás, no te quedes con las ganas de llorar, déjalas brotar- Y ambas lloraron abrazadas en el sueño, en el que se rescató de entre las cenizas y aprendió a llorar.
Del ave Fénix aprendió cómo resurgir de entre las cenizas del perdón, y cómo una lágrima por más doloroso que sea, puede sanar un corazón.