domingo, 21 de noviembre de 2010

13 de Noviembre "La musa desapercibida"


Son las 5:45 de la mañana, ese día tocaba subir a la montaña, el día en el que Estellmar se encuentra con su verdad y no con la musa que otros esperan encontrar en ella. Su silueta de mujer cuyo cabello chino largo le da a su personalidad ese aire de ligereza, se dirige al habitual baño diario, pues el agua le brinda la frescura, la transparencia y la limpieza que le recuerdan su amor a la libertad. Sus manos fuertes de artista reflejan una vida de trabajo, pues la piel de éstas es un poco reseca, dejando entrever algunas cicatrices. Éstas manos la han ayudado a vivir un sin número de aventuras, de días ásperos, mas otros de terciopelo… en ese momento sólo se disponían a abrir el agua caliente y fría de la regadera preocupada por darle la temperatura exacta para que su cuerpo sea acariciado al bañarse, ese momento es sagrado, el momento del cuidado de su esencia concebida. Mientras el agua caía y bañaba su cuerpo Estellmar comenzaba a repasar lo que un día fue concebido por sus padres… el olor del perfume del jabón la hacían pensar en el día de su nacimiento, el valor que le da a la vida es tan dulce y delicado como un buen perfume cuyo aroma enriquece los espacios. Comienza el baño, ¡cómo es importante su cuerpo! Templo del espíritu, leyó un día en el libro sagrado, siempre la ha marcado lo que desde pequeña leyó en la historia de su Maestro tras esas hojas suaves llenas de letras que esconden secretos en medio de parábolas, historias de ese hombre-Dios que le susurra al oído la esencia de la vida, su templo debe ser cuidado para no perder la conciencia de su verdad.

Estellmar toca despacio su cabello chino que se va humedeciendo y preparando al shampoo, es el momento de comenzar la limpieza, sin ella su estado anímico no sería igual, su canto de sirena no tendría el brillo o el encanto que sabe que puede proyectar, y que lo hace natural, no le gusta lo fingido.

Esos ojos expresivos, que dejan entrever el gran espíritu que Estellmar cultiva a cada instante, en ese momento se cierran para que solo se senta el agua correr por la piel, recorriendo cada rincón y cada parte que ella valora como foco de femineidad: sus pechos firmes, herencia de sus antepasados y sus pompis firmes y bien colocadas. Sabe que su nariz aguileña, la barba partida y labios, le dan a su rostro un toque distintivo, pero entiende perfectamente que es la belleza interna, la espiritual, la que finalmente proyectará su verdadero canto de sirena. Finalmente, su espalda, su cuello, sus piernas largas y delgadas legado biológico de su padre, son repasados al tallarlos con el jabón, y recuerda cuando decidió rediseñarse, aceptarse le fue difícil pues su niñez fue marcada por el “rechazo” entre ella y sus hermanos, fue la soledad la amiga fiel de Estellamar y en ella solo encontraba a Dios, sus diálogos con Él, fueron los que finalmente la construyeron.

El baño terminó y un cuerpo de sirena, cuyo canto desea, desde el fondo de su alma, elevar los corazones de quien la escucha, se sabe musa, aunque por dentro, finalmente, muy en el fondo quisiera pasar desapercibida.

El cultivo de su belleza interior, es regado y abonado con esas mañanas de montaña, en las que después de su baño, se vestía con la ropa indicada para el monte, las rocas y las espinas. Ese era un día de montaña, y se puso sus pantalones de mezclilla que están rotos de la rodilla, pero que la hacen sentir cómoda. Sale por la puerta trasera de la casa y busca a sus 2 mascotas, dos perritas medianas, inquietas, alegres y tiernas a la vez, de pelaje brillante en oro y negro, cazadoras por excelencia, sin su compañía la subida a la montaña estaría incompleta.

Prepara una pequeña mochila color azul e introduce en ella una botella de agua, cámara fotográfica y su celular, donde guarda un mp3 con música especial para meditación, aunque a veces el mismo silencio de la montaña era suficiente música para conectarse con su interior.

La soledad a la que está acostumbrada en realidad está llena de compañía, seres de luz la acompañan, porque los llama, y disfruta de su compañía.

Comienza el asenso, ese que la obliga a pensar que alejarse del diario vivir le permite reencontrarse con su verdad, y es entonces cuando se aleja del “mar” que como un espejismo mágico la llama sirena, ese mar, queda atrás y abajo.

El sol brilla y entrelaza su luz a través de las hojas de los árboles y arbustos… unas pequeñas florecillas en color blanco, azul, lila y rojo perfuman y alegran cada paso, y reciben la presencia de Estellmar, que aunque tenga lejos la playa y el mar, subir a la montaña le recuerda que el contacto directo con la naturaleza la hace encontrarse con ella misma y con su pequeñez, su fragilidad, su verdad… simplemente es una mujer y eso la serena, la desliga de toda mirada que la coloque en un pedestal o la comprometa a cantar y fascinar.

Conforme sigue subiendo, disfruta mirar a sus perritas correr entre el campo, felices de sentirse libres, buscando algo divertido entretenido o simplemente algo por cazar, y observa cómo el olfato de Chispa y Pícara es primordial para todo… con esa inspiración, Estellmar afina su olfato, por un momento cierra sus ojos, y aspira el olor a monte, a flor, arbusto y roca, un olor que disfruta y agradece al origen de la vida… a Dios. Su momento se acerca, el punto en el que a cierta altura se detiene para sentarse y comenzar el ritual que le da equilibrio a su vida, ese en el que solo Dios y ella se permiten encontrarse con todos los sentidos, atención y descanso. Un encuentro con la esencia básica de la existencia, el milagro de la vida, la maravilla del amor que le permite en ese momento ser y estar. Ese punto en el que al mirar al horizonte vislumbra lo pequeño que es el ser humano, y cómo se complica, siendo la vida tan simple. Es ahí, donde la musa queda abajo y la mujer arriba, abajo lo construido por lo inconsistente, arriba, simplemente la simpleza de la vida, el estar, amar, entender la verdadera aportación de tu existencia al universo, eso que la motiva a seguir adelante segura, plena y lo más importante: libre. Una musa que finalmente en su interior logra ser desapercibida.

Autora,

Mara Treviño

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